El llamado riesgo país suele utilizarse como un criterio para clasificar inversiones entre seguras y peligrosas. Sin embargo, esa visión simplifica en exceso una realidad mucho más compleja. El verdadero riesgo no depende únicamente del país en el que opera una empresa, sino de las características concretas del negocio y de la posición que ocupa el inversor dentro de ese entorno.

El peso del negocio suele ser muy superior al del propio país. En cualquier economía conviven compañías extraordinarias con otras incapaces de generar valor, por lo que el origen geográfico resulta menos determinante que la capacidad de una empresa para competir, adaptarse y obtener beneficios de forma sostenida.

También es necesario distinguir para quién existe ese riesgo. La política y la regulación no afectan por igual a todos los inversores. Una empresa nacional y la filial de una multinacional pueden recibir un trato muy distinto ante un mismo acontecimiento. Casos como la inmovilización de activos rusos o las nacionalizaciones en distintos países latinoamericanos muestran que el mismo activo puede presentar riesgos completamente diferentes según quién sea su propietario.

Otro aspecto clave es la evolución del entorno. Los mercados ya descuentan gran parte del riesgo percibido en determinados países mediante valoraciones más bajas. Por ello, resulta más relevante analizar si las condiciones institucionales y económicas mejoran o empeoran que fijarse únicamente en el nivel de riesgo actual. La dirección del cambio puede ser más importante que el punto de partida.

La diversificación ayuda a limitar el impacto de estos factores, especialmente cuando la exposición a mercados más inciertos representa una parte reducida de la cartera. Además, la elección del mercado donde cotiza una empresa también influye en la protección del accionista, ya que algunas jurisdicciones ofrecen mayores estándares de supervisión, transparencia y defensa de los inversores.

En última instancia, el riesgo no viene definido por una etiqueta geográfica, sino por la combinación entre el negocio, quién lo controla, el entorno en el que opera y la posición concreta del inversor. Comprender esa diferencia permite analizar oportunidades que un enfoque basado únicamente en el país tendería a descartar.

Puedes leer el artículo completo  de Juan Gómez Bada en El confidencial.

También puedes escuchar el blog en Intelivoz en las siguientes plataformas:

Spotify

Amazon Music

Ivoox

Google Pódcasts