La manera más sencilla de robar a lo grande
Los mercados financieros funcionan sobre una base fundamental: la confianza. Allí donde existe un mayor respeto por la propiedad privada y una mayor vigilancia social, las economías suelen desarrollarse con más profundidad y eficiencia. Esa idea sirve como punto de partida para abordar un problema mucho menos visible que otros abusos financieros, pero potencialmente mucho más rentable para quienes lo practican: los conflictos de intereses entre directivos y accionistas minoritarios.
El caso analizado es el de Powersoft, una compañía italiana cuyos principales ejecutivos controlan, a través de sociedades vinculadas, los inmuebles que posteriormente alquilan a la propia empresa. La nueva sede corporativa seguirá el mismo esquema, lo que permitirá que una sociedad controlada por los fundadores perciba ingresos recurrentes del negocio cotizado. Aunque no se afirma que exista un perjuicio directo para los accionistas, la estructura deja abierta la posibilidad de transferir valor desde la cotizada hacia sociedades privadas controladas por los directivos.
El problema de fondo no es un caso aislado, sino una práctica relativamente extendida en parte de Europa continental. Las sociedades personales o familiares de los ejecutivos pueden convertirse en proveedores, arrendadores o intermediarios de las propias compañías que gestionan. Y, dado que el rango de precios «de mercado» suele ser amplio, resulta sencillo trasladar beneficios fuera de la empresa sin necesidad de incurrir en ilegalidades evidentes.
Esta práctica, conocida como tunneling financiero, recibe mucha menos atención que otros delitos, como la información privilegiada, pese a que el efecto acumulado sobre los accionistas puede ser mucho mayor a largo plazo. La diferencia principal respecto al mercado estadounidense no estaría tanto en la moralidad de los directivos como en la cultura financiera de los inversores y en la presión ejercida por reguladores y mercado.
En última instancia, invertir con seguridad no depende únicamente de analizar balances o resultados, sino también de que exista un entorno donde otros participantes —inversores, supervisores y reguladores— vigilen aquello que el accionista individual no puede controlar constantemente.
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